La lluvía se le escurría entre las manos, el holor a pasto húmedo lo alejaba de la soledad. Estaba en la plaza del barrio que lo vío crecer, para luego irse, detrás de sus sueños. El cigarrillo se consumía y por poco le quemaba la llema de los dedos, le dió una última pitada, se paró, caminó hasta el cesto de basura, lo apagó sobre una gota que se desilazaba suavemente por el borde de hierro de un poste de luz, y arrojó su cigarrilló al cesto. Se quedó parado contemplando la lluvia, no podía comprender como las personas le huían a un fenómeno meteorológico tan cautivador.
Se sentía vivo, más vivo que nunca. La vida lo había golpeado, la soledad lo perseguía. No era una persona que careciera de amistades, ni de un buen vínculo con su familia, pero se sentía solo. Necesitaba una compañera de ruta, alguien en quién pensar, esa persona quizás estaba muy cerca de él, pero sin embargo a él le gustaba pensar que no era así. Solía pensar en una persona, dedicarle noches en vela, cajas de cigarrillos y miradas a la Luna que, impávida, lo obserbaba desde el cielo, haciendole saber que no estaba sólo. Sin embargo el así lo sentía.
Pese a su soledad tenía ganas de vivir, pero no para vivir hay que equivocarse, y esa idea mucho no lo atrapaba, pensar que se puede tirar todo a la marchanta por una mujer (¡y qué mujer!) lo perturbaba y a la vez lo alejaba de ella. Las dudas lo atemorizaban y lo hacían reflexionar.
Él tenía ganas de vivir, pero podía dar algún paso en falso en esa búsqueda de un amante, y podía caer al suelo y golpearse de tal forma que el golpe le doliera por el resto de su vida.
Se sentía vivo, quería vivir, pero no estaba listo.
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